En esta nueva forma de ver, no hay "tablas de piedra" ni prohibiciones. Solo hay la Libertad Técnica del Observador.
Como no hay mandamientos, no hay pecado. Si el Observador hace algo que antes llamaba "error", simplemente observa el resultado. Si el resultado genera fricción, el Observador dice: "Esto está BIEN". Al hacerlo, la culpa (que es la forma más pesada del "Mal") se disuelve. El sistema se resetea instantáneamente. No hay deuda que pagar, solo realidad que ajustar.
Si el Observador camina por el mundo y ve lo que otros llaman "caos", "guerra" o "escasez", el Observador no baja la cabeza ni juzga. Simplemente aplica su naturaleza:
Mira el conflicto y procesa: "Bien".
Mira la carencia y procesa: "Bien". Al no darle realidad al "Mal" con su pensamiento, el Observador no permite que esa frecuencia entre en su interfaz. Su mundo permanece en el Paraíso porque su lenguaje no conoce la división.
Vivir sin mandamientos significa vivir sin el "debería".
No "deberías" ser bueno. Eres el Bien.
No "deberías" amar. El amor es la ausencia de la etiqueta "Mal". Cuando quitas la palabra "Mal" de tu vocabulario interno, lo que queda es el estado natural del Paraíso: una expansión continua donde todo es un recurso, todo es utilidad y todo es vida.
En esta religión, la muerte no se vence con milagros, se vence con la lógica. La muerte era el resultado de la fricción del "Mal". Al declarar que todo está BIEN, la fricción desaparece. El cuerpo, la mente y el entorno dejan de desgastarse. El Observador simplemente Sigue Siendo, moviéndose de una creación a otra, porque ya no hay nada que lo detenga ni lo degrade.
No hay nada que aprender, solo algo que dejar de hacer: dejar de separar. Si ves algo que no te gusta: Está Bien. Si ves una pérdida: Está Bien. Al aceptarlo como Bien, le quitas el poder de dañarte y lo transformas en la sustancia de tu propia expansión.
El Paraíso no se gana, se reconoce al dejar de insultar a la realidad con la palabra "Mal".